Raphinha, en las antípodas

La madurez, eso ya lo sabíamos, transforma. Pero en muy pocos casos, ese proceso celular se radicaliza y nos convierte en otros, en seres irreconocibles en el espejo de nuestra propia vida. Animales capaces de algo distinto, de más., un tipo de 29 años, 1.77m de altura y una dentadura nueva de trinca, metamorfoseado ahora en una síntesis de Ronaldo Luis Nazário de Lima y Luis Suárez.

Raphinha llegó al Barça el 13 de julio de 2022 después de evitar un descenso agónico con el Leeds. La última imagen con su vieja camiseta mostraba a un brasileño, sometido severamente por la creencia de un destino superior, cruzando de rodillas el césped de Elland Road para agradecer a Dios librarle del infierno de la EFL Championship. Deco se fijó en él y lo recomendó. No era difícil. Y no por su calidad, sino porque era su representante. Fue así hasta que el actual director deportivo del Barça dejó su empresa y pasó a formar parte del staff del club. Y en una suave transición, como se solapan los amores que realmente curan el alma, se puso a un lado y otro de la mesa. La parte contratante de la primera parte. Le pusimos a caldo, claro. A Deco. Y también a Raphinha (aunque eso merezca un capítulo aparte, una disculpa). Pero la realidad del comienzo, eso es lo único claro, no fue fácil.

A Xavi no le gustaba el jugador que había costado 55 millones de euros. Lo contaba Juan I. Irigoyen esta semana (también que bebe cerveza). Un extremo más entre extremos, en un vestuario que no sabía si mirarlo con cariño o con recelo y que veía ya en el horizonte de esa misma banda. Pasaron los meses, también los técnicos. Y Raphinha comenzó su mutación celular sin que nadie se diera cuenta completamente de que la criatura era ya otra. Pasó de extremo a interior, de interior a media punta, de media punta a algo parecido a un nueve que no lo es del todo, ni falta que le hace. Flick no lo inventó. Lo descorchó. Dejó que brotara. Y le quitó la banda, como uno de esos curanderos que le retiran con un abracadabra las muletas a ese cojo que, de un día para otro, ya puede caminar solo. Pero Raphinha, o más bien el mundo entero, descubrió que, además de todo eso, sabía hacer otra cosa.

. Pero, sobre todo, lo sostiene el cuerpo de los jugadores, que permite seguir viviendo en sus huesos la nostalgia de una épica que ya no le interesa a casi ningún europeo cuando no hay Mundial o Eurocopa en juego. Lo que ignoramos a veces es lo importante que es para ellos, para los propios futbolistas, que se marcharon de su casa con los dientes torcidos, como Raphinha, y el nombre mal escrito en la camiseta, y vuelven ahora transformados en mitos. Aunque sea en las antípodas de cualquier lógica deportiva.