Después de la tormenta, llegó la paz. Y esta, para Alejandro Davidovich, reciente ganador del Masters 1000 de Shanghái, tiene nombre y apellidos: Pepo Clavet. “Él me aporta tranquilidad y felicidad, y me ayuda a vivir de una manera más serena. Yo vivía todo de forma muy intensa y agobiante, y él me da mucha paz interior. Creo que eso lo transmito y lo expreso después en la pista”, cuenta el malagueño a una selección de medios españoles, entre los que se encuentra EL PAÍS, después de haber vencido a Rafa Jódar en una final tríptica, de fases bien diferenciadas: tempestuosa al principio, al límite después y, finalmente, con un desarrollo feliz para él.
Durante mucho tiempo, el andaluz (27 años) no ha tenido una relación fácil con su deporte, sino más bien tóxica por eso de llegar a tocar un extremo. “Hay que estar en el barro para saber que no quieres estar ahí otra vez”, , cuando ya había dado un giro de 180 grados e intentaba revertir una carrera estupenda, pero a la vez errática. Cada vez que se asomaba al momento la verdad, el de las finales, fallaba. Cinco seguidas perdió hasta que, en junio, a las puertas de Wimbledon, se desbloqueó sobre la hierba de Calvià, en Mallorca. Allí alzó su primer trofeo en la élite.
Al parecer, no se trataba tanto de una cuestión meramente técnica como emocional. A su lado, Davidovich ha dado estos últimos meses con el equilibrio necesario para subir el peldaño que se le resistía. “Antes del partido [frente a Jódar] habíamos hablado de que iba a haber nervios y tensión, porque no es fácil cuando . Al final, cuesta asimilar que te estén dominando por todos lados y no ver ningún hueco. Sin embargo, mirar a Pepo me da mucha tranquilidad. Sé que confía en mí, y eso me transmite paz y confianza para seguir empujando hasta el último momento”, argumenta.
No obstante, 2026 no ha sido un año fácil. A la novedad de los trofeos se sumó también el castigo de las lesiones. Un primer parón (abdominal, un mes) mermó su campaña en tierra y luego (zona lumbar) se perdió toda la gira norteamericana. Esos dos meses, sin embargo, le ayudaron a reflexionar y, al mismo tiempo, a potenciar el apartado físico que precisamente influenció de manera decisiva la final de Shanghái.
“Hice una pretemporada de cinco o seis semanas”, detalla. “Y sabía que no iba a fallar en ningún momento, salvo en Tokio, claro, porque llegué allí muy justo y sin demasiadas fuerzas… [después de cuatro días consecutivos compitiendo en ]. Así que sabía que por ahí no iba a flojear. Si me encuentro bien físicamente, mentalmente también lo voy a estar y me mantendré más tranquilo, porque sé que voy a correr a por todas las bolas y a luchar cada punto”, amplía el andaluz, que a la preparación ha sumado otro elemento que contribuye a que oxigene la mente: el ajedrez.
Entre partido y partido, y sesión y sesión de entrenamiento, Davidovich y los suyos han invertido unas cuantas horas ante el tablero. De ahí lo de algunas frases enigmáticas de estos días al firmar en la cámara. No eran recados, dice. Simple divertimento.
“Son todo bromas con Pepo sobre cómo jugamos al ajedrez. Llevamos un mes concentrados y ya estábamos desvariando un poco: ‘Venga, vamos a poner jugadas de ajedrez para divertirnos’. Lo que queremos es pasarlo bien y pensar en otras cosas aparte del tenis, porque estar las 24 horas centrados en lo mismo puede ser un calvario. Hemos disfrutado muchísimo de este mes, desde Chengdú hasta el último día aquí, y estamos muy contentos con el trabajo realizado”, aprecia antes de contestar al planteamiento de EL PAÍS, en torno a un posible punto de inflexión definitivo.