La Laver Cup nació hace nueve años (2017) y como todo proyecto embrionario, está costándole ganarse el afecto y la aprobación de los aficionados más reaccionarios del tenis, a gusto siempre con la tradición y reticentes ante lo que pueda estar por venir. Bien lo sabe . Por mucho debate que haya, la novedad representa casi siempre una amenaza o cuanto menos es sospechosa, y del mismo modo que se desconfiaba de la tecnología y otros asuntos, a la idea de Roger Federer le acompaña en muchos casos la pátina descalificativa de ser una exhibición. Sin duda, lo es. Postureo, esmóquins, burbujas de champán y hasta cierto punto, un desarrollo guionizado. Sin embargo, el formato parece responder perfectamente a lo que el nuevo mundo reclama no solo al tenis, sino a todos los deportes: concentrado, de impactos, visual, excitante. Es lo que hay.
“Verte ganar tu primer Grand Slam [en París] es importante, porque así no tendré que escucharte decir: ‘yo siempre pierdo, apesto, solo soy el tercero…”, bromeaba el capitán del Resto del Mundo, Andre Agassi, acompañando sus palabras de lloriqueos. Y así es. , el número dos del mundo parece ser otro incluso en contextos tan diferentes como el de la Laver, en el que además del prestigio, los participantes se juegan un pastizal: cada uno de los vencedores durmió con 250.000 dólares más en el bolsillo. Había fallado Zverev un día antes, al perder contra De Miñaur, pero de la misma forma que este año ha dado con el camino, en el episodio definitivo atinó y él y los suyos recuperaron el mando de una competición que Europa domina por 6-3. Así que una piña en torno a él.
“Llevaba dos años sin ganar un partido aquí, así que estoy muy contento de haberlo conseguido”, indicó el gigantón, quien hace hace una década, precisamente a estas mismas alturas, conquistó en San Petersburgo su primer trofeo en la élite. Ya acumula 26, exactamente la misma cifra de puntos que ha conseguido en la Laver y, por consiguiente, más que ningún otro jugador. Hace un año se fue de vacío de San Francisco, derrotado un par de veces, pero estos son otros tiempos y este . Se huele, se percibe, se ve.
“Es genial tenerte de vuelta, el tenis te extrañaba. Aunque, en realidad, yo rezaba para que tu muñeca se curara en octubre y no antes de este fin de semana…”, le dedicaba el estadounidense (56), unido este al sentir generalizado: cualquier pincelada de Alcaraz vale mucho, y en este contexto festivo de Londres, todavía más. Sus comidas con Federer, su efusividad y la calidad de su golpeo son fuente inagotable de reels y repeticiones. La grada disfrutó , del mismo modo que presenció por primera vez el agresivo despliegue de Jódar. El tenis español genera admiración, mientras la rodilla maltrecha de Sinner inquieta en Italia y el presente, por lo que sea, le señala a él, acreedor del reconocimiento que se hacía esperar: Zverev.