Pero ya está ahí, pese al sofocón inicial que exigió una función superlativa de Unai para que el encuentro siguiera a tiro del efecto Merino. España había acudido a un trámite y Croacia se presentaba ante una especie de juicio general después de una debacle horrible. La Roja, impulsada por la inercia feliz de no toparse con la derrota hace tantísimo, visitaba a Split para recoger al menos un empate, suficiente para clasificarse ya con certeza para los cuartos. Los locales, en cambio, se asomaban a un precipicio histórico .
Y Croacia resurgió a lomos de su orgullo legendario. Recuperó esa alma guerrera que se le había evaporado contra los ingleses como si no fuera a volver. Pero volvió, y la grada del estadio del Hadjuk agradecía cada encontronazo, cada encerrona a los futbolistas españoles, cada arrebato lanzado hacia delante. Un tiro bloqueado de Perisic, el penúltimo de la vieja guardia. O un cabezazo de Stanisic detenido por Unai.
España desplegaba con esmero su mecanismo orgánico a todo el ancho del campo, y Croacia respondía con calambrazos de genio y calidad. Esta vez, con más hueso en el centro del campo, donde se sumaron Jakic y Vlasic. Aparentemente, la Roja había conseguido instalar cada pieza en su sitio, pero los croatas encontraban caminos por la banda izquierda y por el centro, donde Kovacic logró cavar un pasillo por el que atravesó a la carrera para ceder la pelota a Matanovic, solo en el área a su derecha. Unai repelió el disparo del delantero del Friburgo, pero Perisic apareció por el otro lado y colocó a España por detrás en el marcador, una situación inusual en esta etapa arrolladora, aunque algo menos en este parón. Después de casi un año sin verse en desventaja, le ha sucedido ahora dos veces en diez días, .
Al otro lado, Lamine se aplicaba a encontrar grietas en la resistencia croata. Primero sacó a bailar a Gvardiol, y Gvardiol no le seguía el paso. Lo dejaba pasmado en un lugar del que acababa de escabullirse con un engaño. El lateral empezó a recibir ayuda de Vuskovic y Perisic y Lamine abrió la caja de su catálogo de pases filtrados, buscando a Pubill y a Olmo. Croacia reculaba, pero aún le quedaba fuelle para unas cuantas acometidas, como una escapada de Gvardiol . También les quedaba energía para aprovechar un lío entre el portero y Laporte, que le dejaron una pelota suelta a Matanovic y otra estupenda parada para la colección del meta del Athletic.
El arrebato desesperado también se consume. España seguía empujando de acuerdo a su manual, y Croacia, claro, se hundía. Todavía más desde que De la Fuente maniobró al salir del descanso sin Baena y con Merino en el campo. El navarro es el guardián del interruptor del pánico de este equipo. Aparece en el césped y cualquiera presiente que va a suceder algo en los minutos siguientes. Aunque antes Lamine desperdició un mano a mano en el que trató de driblar a Livakovic.
Entonces ya sí llegó el instante Merino, cuando aún no llevaba ni un cuarto de hora en el campo, con ese don casi sobrenatural para aparecer en el lugar donde cae una pelota, algo tan raro que provoca la ilusión de que es la pelota la que lo busca a él. Se encontraron en el área y el navarro volvió a enderezar un partido con un gol.
Aunque no de manera definitiva. Zubimendi se equivocó en un pase en el área y dejó a Perisic solo ante Unai. Pero el guardameta estaba iluminado y sumó otra parada al que entonces era capitán y se fue expulsado por una segunda amarilla poco después.
Se olisqueaba el último golpe. Zubimendi enmendó su pifia anterior con un pase a Merino, que controló en un reverso y marcó el segundo. Otra vez lo había arreglado. Como siempre.