El eco de un gol en la ciudad

Vivo en un séptimo piso de Madrid y desde esa altura el efecto es impresionante. Solo en momentos excepcionales como el gol de una eliminatoria decisiva, una final o quizá una manifestación masiva, la ciudad consigue convertirse en esa inmensa caja de resonancia, como si fuese un instrumento de viento gigantesco. Son los únicos momentos en los que nuestras individualidades se funden en una misma señal acústica tan potente que mueve el suelo, literalmente.

He incorporado tanto estos spoilers futbolísticos sonoros a mi rutina que hace un mes me ocurrió algo verdaderamente ridículo en Balaídos. Cuando , me quedé unos microsegundos estática en mi asiento esperando ese retraso de la señal respecto a la vida real. Por puro hábito permanecí aguardando a que la ciudad se me adelantase en la celebración desde fuera del estadio. El fútbol moderno nos ha hackeado el cerebro que llegamos a desconfiar de nuestros propios ojos si no hay una confirmación externa de los hechos.

En un relato maravilloso, el escritor Hernán Casciari cuenta que su padre le decía que si durante la transmisión de un partido aparece un edificio o una autopista detrás de la tribuna, no es un partido serio. Desconozco el motivo, quizá se lo decía porque en los estadios imponentes las gradas superan la altura de los edificios y la acústica propia llega a anular cualquier sonido procedente del exterior. Los estadios imponentes son burbujas. A mí, sin embargo, , desde donde puedes ver el perfil de los edificios de ladrillo, con personas asomadas en los balcones y ventanas. Me gustan los estadios que no tienen miedo a mezclarse con el barrio que los acoge. Me gusta escuchar cómo una ciudad entera ruge y pierde el equilibrio de pura alegría durante los minutos de un gol.