A todos se nos adelantó la llegada del invierno cuando vimos la repetición de lasobre Fede Valverde, que fue como ver a Jaime Lannister empujar al pequeño Brandon Stark desde lo alto de una torre. Ahí poco importa ya con qué casa simpatice cada uno porque la guerra es inminente, no hay marcha atrás. Los viejos conflictos se hacen patentes y en la sala de prensa aparece Mourinho portando dos fotografías , demostración de poderío absoluto si tenemos en cuenta que el partido se disputaba en campo rival y en domingo, con todas las copisterías próximas al Metropolitano cerradas. “Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”, decía Sherlock Holmes. Que nadie se extrañe si algún día nos enteramos de que el autobús del Real Madrid cuenta, desde esta temporada, con una potente impresora.
El futbolista surcoreano del Atlético de Madrid debió ser expulsado por un lance bastante recurrente en el fútbol moderno, pero que no siempre termina con el agresor en la caseta. Lo sabe bien el Real Madrid, a quien la hemeroteca se empeña en jugarle a la contra cada vez que se arranca con la cantinela de la excepcionalidad y lo nunca visto, más o menos como a todos, pues en esto del fútbol ya no quedan inocentes que puedan arrojar la primera piedra sin que los demás tuerzan el gesto: hace tiempo que nuestro fútbol agotó el sedimento de sus canteras. Pero uno tampoco se arma con impresoras y altavoces de última generación para dar la razón a los demás, sino para establecer el relato que más le conviene. “La historia del partido está aquí”, . “Son dos tarjetas rojas claras”.
Hay pocas cosas que exijan tanta energía como parecer fuerte todo el tiempo. Lo saben los adolescentes, las madres, algunos dictadores de corte clásico y cualquiera que haya tenido la mala fortuna de discutir en una discoteca con el tipo acodado en la barra que te pregunta qué cojones estás mirando. La verdadera fortaleza bebe de botellas menos adulteradas y suele permitirse ciertos lujos: encajar un golpe de vez en cuando, admitir una duda, e incluso concederle al adversario algún tipo de mérito. La otra, en cambio, necesita testigos. Necesita que cada afrenta sea pública, que cada respuesta resulte contundente e inequívoca, y que nadie sienta la tentación de confundir el respeto con debilidad.
Algo de esto se intuye en . O en el viejo Real Madrid del nuevo Mourinho, sobre esto todavía nos llevará un tiempo llegar a algún tipo de consenso. El suyo es un equipo que parece haber decidido que no basta con ser el club más laureado del planeta: también tiene que recordarnos a cada momento, en cada tropiezo, que nadie tiene derecho a pisarle el callo sin que se levante un acta notarial. Dos fotografías impresas en un folio, dos pruebas construidas de que el agravio existe sin necesidad de admitir cualquier otro tipo de debate. Y, sobre todo, una nueva demostración de que este Real Madrid ya no está dispuesto a aceptar que el error arbitral forma parte del reparto.
La masculinidad frágil funciona de una forma parecida: no nace de la ausencia de fuerza, sino de la necesidad permanente de demostrarla. Hay quien lo hace sacando pecho, quien levanta mucho la voz y quien, llegado el caso, descubre que una impresora puede resultar tan intimidatoria como un buen par de bíceps.