Tres puertos, cuatro horas de carrera, un sol abrasador y 155 kilómetros de etapa y tiovivo porque apenas se rodó entre planicies. Mucha tralla que, sin embargo, se encorchó en apenas cuatro kilómetros, los últimos, donde los aspirantes al cetro trataron sin éxito de poner en jaque a Mas y a su maillot rojo. Es la nueva Vuelta, , donde se permiten las fugas y los ataques entre los favoritos se reducen en tiempo y espacio, donde no hay quien le tosa a Mas, que, además, encontró en Raúl García Pierna al mejor de los escuderos -por su oportunismo y por la redondez de la estrategia de Movistar- para dar un golpe sobre la mesa y ampliar las distancias con Roglic, un cojín estupendo ahora que se acerca la temida contrarreloj. “El equipo ha estado de 10”, resumió Mas con el aliento entrecortado. Como Marco Brenner, ganador de la jornada, el más avispado y resistente de la fuga.
Sin un equipo que marque el paso de la carrera como habitúan UAE y Visma, estructuras imperiales de oligarcas, cada etapa es ahora una ocasión dorada para la fuga, chifladura en carretera bajo el escogido raciocinio de Movistar, que no está para gobernar con el látigo sino para controlar . Y bien que le sale. Así que, ambiciosos los equipos y sus ciclistas por dejar su muesca en la Vuelta, se reproducen los ataques y los demarrajes, intentonas que ven la luz al final del túnel. en la jornada anterior o a Omrzel hace dos. Son las rebajas de la Vuelta, la carrera desde otro perfil. Uno, en cualquier caso, que no inquieta a Mas porque, cómodo con el abrasador sol andaluz, un horno en toda regla, se sabe el más fuerte cuando llegan las rampas, muros o riscos, la ley del líder. Así lo volvió a aclarar.
Con salida desde Jaén, mar de olivos por doquier, y por delante tres puertos de montaña (4.338 metros de desnivel positivo) que acabaría en la Sierra de La Pandera -12 kilómetros con una pendiente media del 7,2% y rampas de hasta el 17%, todo un rompepiernas-, no tardaron en producirse las intentonas de fuga hasta que se dio con la buena, primero con unos pocos sospechosos habituales como Vermaerke (UAE), Castrillo y Raúl García Pierna (Movistar, que repitió estrategia al poner a dos corredores en la escapada, hombres catapulta de Mas para más adelante por si se desmigaba el equipo antes de tiempo), Fortunato y Romele (Astana), y Sinuhé Fernández (Burgos), que no entiende una etapa sin lanzar su órdago, para después alcanzar hasta 43 corredores que partieron en dos al pelotón. Una etapa y dos carreras, la de las esperanzas y la del maillot rojo, esa que debía dilucidar las dudas de la carrera. ¿Gall y Roglic están para intentar el asalto? ¿A Onley se le ha acabado la gasolina? ¿Carapaz es fuego artificial? ¿? Horas después se conocieron las respuestas, aunque ninguna más diáfana que la del maillot rojo, capaz de ampliar las distancias con sus perseguidores.
Fragmentada la carrera, Tú a Boston y yo a California, nada cambió durante muchos kilómetros: por delante, todos mirando de reojo a los contrincantes para escoger el momento del hachazo; y por detrás, Mas vigilando a los pretendientes. Aunque los movimientos, jugadas de ajedrez a dos ruedas, empezaron por delante, en la bajada a los Villares, el segundo puerto del día. Fue Vermaerke el que se pidió ponerse la capa, una fuga de la fuga con 52 kilómetros y dos riscos por delante, el Puerto de Locubín y la temible Sierra de la Pandera, territorio de poca vegetación, roca caliza y águilas reales. Y aunque llegó a disfrutar de dos minutos de ventaja, Pogacar, como demostró en Andorra antes de abandonar la competición, solo hay uno. Fue Steinhauser (EF) el que le dio caza y, acompañado por Brenner, Mario Aparicio (Burgos), Sosa (Kern Pharma) y Buitrago (Bahrain), pronto le enseñó la matrícula a las faldas de la última ascensión, una rampa imposible en Valdepeñas, una en la que los ciclistas serpenteaban para seguir hacia delante, una en la que pedían bombonas de oxígeno, una de lo más indigesta. Una también, donde se debía empezar a aclarar la hoja de ruta de Mas en la Vuelta, ya solo con Romeo como escudero. O no, porque Raúl García Pierna rodaba por delante. Y esa fue la clave.
Con solo cuatro kilómetros para el final de la etapa y ante la desidia o la flaqueza de sus rivales, incapaces de ponerle en entredicho, Mas decidió que ya tocaba agitar el avispero, un pequeño arreón. Lo suficiente para quedarse los cuatro mosqueteros de la Vuelta: Carapaz, Roglic, Gall y Mas. trató de arrancar, pronto se vio que con su motor no le alcanzaría. Tampoco a Roglic, que se contentaba con aguantar las embestidas. Así que fue Gall el que probó al líder. Un ataque fiero pero corto, , que se juntó con García Pierna -deliciosamente exitosa la estrategia de Movistar- para cubrir las últimas pendientes. Suficiente para que Gall no pusiera tierra de por medio; suficiente para Roglic y Carapaz, pájara en mano, perdieran la rueda y probabilidades de conquistar la Vuelta. Lo festejó Mas junto a su equipo, más cerca que nunca de coronarse en una grande, pero el jolgorio, momentáneo pero merecido, fue de Brenner.