Los árboles desconfían de la primavera y sus hojas apenas reverdecen, en Brakel las sepulta la lluvia. El invierno amenaza. Triunfa la primavera. La esperanza que siempre regresa.
El Tour de Flandes del 26, la tercera victoria en Oudenaarde de Pogacar, el tercer ataque matador, definitivo en el bistrot de Kwaremont, donde la cuesta declina, y los adoquines escupen barro, y Van der Poel mira su manillar, y medita, es un teatro perfectamente ensayado, y sus protagonistas pasan uno por uno, suficiente tiempo entre cada uno para disfrutarlos, aplaudirlos, gozar de su deseo, ante el cono dorado de la rotonda cónica de Kluisbergen junto al Escalda. Pogacar, desnudo de manos; Van der Poel, sus anchísimos hombros acogiendo su cabeza, su melenita; Evenepoel, compacto, la mirada en el horizonte que se aleja al bote de su Specialized sobre los pedruscos; Van Aert lamentando, Pedersen… Los combatientes.