El infierno era las ruinas de la Primera Guerra Mundial, las ciudades del norte de Francia destruidas, cráteres de bombas gigantescos en los campos, y el eco de agonías aún, ruinas humeantes de un humo oscuro, negro como las nubes de tormenta, y carreteras descarnadas que recorrían los ciclistas, Henri Pélissier y compañía, con pañuelos en la boca, como forajidos a caballo, para no tragarse el polvo, y ojos despavoridos, miradas aterrorizadas, y el deseo de llegar. El norte se reconstruyó, el infierno se asfaltó cuando todo francés tenía ya su dos caballos o su 4L y estuvo a punto de desaparecer con la civilización.
que descubrió la recta del bosque siniestro de Arenberg, pavés desigual lleno de agujeros, como si el diablo en persona se hubiera entretenido moldeándolo, el ciclismo recuperó sus orígenes, el único deporte que ha comprendido que solo la utopía le puede salvar, que solo se sobrevive regresando al pasado, a como era todo hace 130 años, y los campeones cultivaron una obsesión. Derrotar a todos y al infierno. La locura de la Roubaix. El brillo de su alma en el pozo más oscuro, la obligación moral del héroe trágico. anunció gravemente Tadej Pogacar en diciembre, “y también la Milán-San Remo”. Con el Monumento italiano ya ha cumplido. Le falta el infierno para marcar la cruz en y que él sería el primero que lo conseguiría de una sola tacada dividida en dos temporadas: Lieja-Bastogne-Lieja y Lombardía en 2025, y ya van San Remo y Flandes en 2026. “Hay más distancia de cero a uno que de cuatro a cinco”, añade. Más distancia entre ser uno más y ser único. La diferencia que busca Mathieu van der Poel, nacido para la Roubaix por su capacidad para resistir largas cabalgadas sin perder la potencia y los cambios de ritmos, y su habilidad de equilibrista del ciclocross para surfear sobre las piedras, es ser el primero que derrota al infierno cuatro veces seguidas, pues los otros dos que llegaron a cuatro, De Vlaeminck (la sombra de Merckx) y Tom Boonen, lo hicieron en años alternos.
En el ciclismo el escenario siempre derrota al corredor, y en Roubaix el escenario se descubre “como si se levantara el telón del teatro, al entrar en el bosque de Arenberg, la primera escena de la tragedia que se abre ante nosotros”, dijo con poético sentido de la épica Andrei Tchmil, moldavo, soviético, ruso y belga, cuatro nacionalidades en un rodador excepcional, ganador de la París-Roubaix en 1994.
La tragedia exige escena y héroes, contendientes que luchan entre sí y contra sus obsesiones. Exige a Pogacar y sus proezas, que elige siempre la soledad, como la eligen Mathieu van der Poel, Wout van Aert, Mads Pedersen o Pippo Ganna. Los campeones de ahora, más músculo y más peso, más fuerza y potencia, más velocidad, más vatios brutos, y, alimentada por cantidades ingentes de carbohidratos (150 gramos a la hora) y el lactato que su propio gasto genera, la durabilidad, que se dice ahora, la resistencia a la fatiga, la capacidad para mantener la velocidad crítica, las fugas a solas de decenas de kilómetros que antes parecían imposibles. El signo de nuestra época, de esta.
Desde la recta criminal de Arenberg hasta el velódromo, 93 kilómetros aún, dos horas, 18 tramos de pavés y tres actos más, dos escenarios nuevos y siempre iguales, la desolación de unos caminos de adoquines, sangre y barro, el dolor, que los otros 364 días del año son pasto bucólico para las cabras que limpian los intersticios de hierba, el ronroneo de un tractor arando campos de maíz, las excursiones campestres de turistas en bicicleta. Son Mons-en-Pévèle (a 48,6 de meta) y el Carrefour de l’Arbre (a 17,1), cruce abierto a todos los vientos, a la memoria de los 1 de mayo trabajadores, al inicio de las grandes huelgas del textil y a los aficionados belgas ebrios de cerveza. En cada escenario, una batalla, un rival caído, una pequeña victoria. Y en cada recodo de los caminos que les unen, una trampa, una curva mal tomada, una caída como la que acabó con Pogacar hace un año a 39 kilómetros del último acto, del velódromo, en el tramo de Pont-Thibault a Ennevelin, cuando ya solo sobrevivían delante él y Van der Poel, su sombra eterna.
Para conjurar el peligro, ya en diciembre pasado probó material sobre el pavés acompañado de sus fieles pánzers Nils Politt y Florian Vermeersch. En marzo, confidencialmente, repitió la visita, y el jueves pasado fue imposible no deslumbrarse y toser con la nube de polvo que Pogacar y sus seis UAE, riders on the storm, cantaría Jim Morrison, levantaron en su reconocimiento de 130 kilómetros a 50 por hora sobre los adoquines. Pogacar siempre delante. Siempre full gas. A tope, a tope, la curva maldita de Ennevelin. A Van der Poel le llega la noticia y reacciona. “Ha ganado experiencia, ha aprendido de sus errores. Ya ha demostrado que es muy hábil sobre la bicicleta, que sabe posicionarse bien en carrera”, dijo el favorito holandés. “Siempre le podría presionar en las curvas, pero no estoy seguro de que sea una táctica que vaya a adoptar”. Viento del sur. Temperatura agradable. El mismo decorado que se espera el domingo. El mismo Tadej. A tope hacia la historia.