Como el camarero del karaoke que después de 25 años poniendo copas de madrugada tiene los oídos anestesiados a chillidos, gallos y chirridos, y ni siquiera pude disfrutar de las maravillas repentinas, tan ajeno está ya a la música, sordo al horror y a la belleza, indiferente, así, quizás, los aficionados al ciclismo, tantos años malacostumbrados a los conciertos de los divos, tan magníficos y superiores siempre, que ya muchas veces solo despiertan aplausos aburridos y repetitivos. Sin emoción. Sin misterio. en cualquier carrera, o arrancan lejanos, el ataque más deseado por los aficionados hartos de tacticismos y miedos, la emoción que despiertan luce un segundo. Después, ellos mismos la asesinan. En ese momento, a 100, a 50, a 30 kilómetros de la meta ya se sabe qué pasará, y en el barro de Hulst y sus taludes, ciudad del sur de Holanda más cercana a la Amberes flamenca que a cualquier otra gran ciudad de los Países Bajos, sobre el tapiz de hojas rojas, desnudas las ramas de los árboles, en un circuito dibujado laberíntico en un parque hermoso con un laguito, mediada la primera de las ocho vueltas de la carrera ya va primero, el ¡hala!, ¡qué bárbaro!, se convierte rápido en un ¡ufff!, no se caerá o pinchará al menos para que el Mundial encuentre algo de suspense. No, no se cae. Por delante, una hora de exhibición de velocidad y prudencia. Buen cuidado tiene en no forzar ni su máquina ni su bicicleta, hermoso, armonioso con el cuadro su cuerpo, lejos de él la violencia de los esfuerzos exagerados, un centauro con manos como garras para agarrarse a las manetas del manillar y elevarse a veces sobre el barro, y hasta volar, y todo fluye. El resto fue cálculo. Y sus calcetines blancos, sus botines blancos, de niño de primera comunión, terminan impolutos.
“Creo que quizá el fin de semana pasado me sentí un poco más fuerte, pero este circuito era completamente diferente e intenté gestionar la bicicleta, los neumáticos, todo, lo mejor posible para asegurarme de que la mecánica no arruinara la fiesta”, dice para resumir la carrera con la que ganó su octavo Mundial elite, el que más ha ganado en la historia, uno más que el mito de todos los mitos, el belga Eric de Vlaeminck, al que tanto talento y exageración condujo a la locura. Todo lo contrario que el gestor Van der Poel, de 31 años, que gana reservándose, evitando arriesgar, sorteando las caídas, los patinazos en el barro, ahorrando energía para trepar por taludes verticales y largas escalinatas más rápido que ninguno, y ni siquiera salta con la bici los dos tablones de mitad del camino. “Hice lo que tenía que hacer y estoy muy contento de que todo saliera bien”.
De pie sobre los pedales, levantando los brazos, agarrándose las manos y bajándolos fuerte, aquí estoy yo. “Lo tenía muy ensayado”, dice Van der Poel, que se compró una casa en Cumbres del Sol, en Moraira (Alicante), donde entrena en invierno y juega al golf, y se entrena este año más que nunca no solo pensando en el ciclocross, sino, sobre todo, en Pogacar y en el Tour de Flandes, en cómo conseguir que el esloveno no le vuelva a dejar esta primavera clavado “En España, cuando entrenando llegamos a los pueblos, nos echamos sprints entre los del equipo e inventamos muchas celebraciones diferentes. El saludo de Ronaldo es uno de los más utilizados, así que pensé que era el momento adecuado para imitarlo”.