en fuga bajo la lluvia con el pesado de Marc Soler y el tenaz Mattias Skjelmose, se empapa en la Itzulia con la cabeza puesta en las clásicas de las Ardenas, como también piensa en ellas, en la Amstel, en la Lieja, la piedra sobre la que se edificará el ciclismo mundial los próximos años. Con él resucitará Francia, que no gana el Tour desde hace 41 años y que no tenía a un ganador de una prueba por etapas del WorldTour desde que cuando Seixas no había cumplido ni un año. Entre medias, la sequía de grandes talentos, de Pinot, de Bardet, de Gaudu.
Chubasquero oscuro, impaciente, despreocupado, con la alegría de los niños que aman bailar bajo la lluvia, pasado Elgoibar Seixas ataca. Es la segunda ascensión a Elosua. Quedan 60 kilómetros hasta meta y dos puertos más, el segundo paso por Azkarate y Asentzio. La fuga, que no supone peligro para su puesto en la general, está lejos, a cuatro minutos. Es un regalo, una gesta innecesaria, como le gusta a los campeones generosos y al espigado francés del Beaujolais que enamora. Podía haberse mantenido discreto y silencioso toda la Itzulia, arropado en su equipo como hacían antes los líderes, administrando la ventaja que obtuvo en la contrarreloj del primer día, pero eligió convertir cada jornada en una proclama de su ser, su carácter, su voluntad de ganar siempre, de pelear, de su maillot amarillo. Vuelve a ser el niño torpe de movimientos que se libera haciendo escalada de gimnasio y solo sabe correr al sprint desde el primer metro. La bicicleta es su liberación.
El amor al riesgo. Llega arrastrándose a Bergara, la meta final, pero llega vencedor. La Itzulia es suya. Su más joven ganador de la historia. Txapeldun orgulloso de la txapela que le distingue en el podio por delante de dos jóvenes con los que seguirá peleando los próximos años, Florian Lipowitz y Tobias Halle Johannessen. Luego, cambia la txapela por una gorra y acampa en el podio, donde recibe todos los maillots, el blanco de joven, el azul de la montaña, el verde de la regularidad.