Tres de los cuatro afganos que salieron de Afganistán para jugar la Olimpiada de Ajedrez están arrestados en Kabul

El cuarto de los regresados (los otros ocho miembros de la delegación afgana en la Olimpiada residen en el extranjero) es Mirzaad Sayed Wahabuddin, quien sin embargo pasó sin problemas la frontera de Hairatan, única frontera abierta entre Uzbekistán y Afganistán.

El delegado de Afganistán ante la FIDE, Adzhmal Mangal, cuya situación personal es ambigua (entra y sale de su país con cierta frecuencia, mientras casi todos los demás miembros de la Federación Afgana residen en el extranjero) intenta quitar hierro al asunto y pide que se retrase la publicación de los hechos: “Por favor, no se preocupen todavía, dado que la información es incierta. Están bien y en su casa. Creo que todo estará claro en dos o tres días. Les informaré en cuanto tenga noticias”, escribe, todavía desde Samarcanda.

Por el contrario, el capitán de la selección absoluta, Zaheer Asefi, residente en Países Bajos, se muestra mucho más preocupado y recuerda cómo empezó todo: “Los cuatro salieron de Afganistán hace dos semanas de manera legal, pero a medianoche, cuando los controles en la frontera son más laxos”. A pesar de que el ajedrez está prohibido (“suspendido”, dice el Gobierno), con los clubes cerrados y, como mínimo, multas a quien pillen jugando o simplemente con un tablero en la mano, los cuatro estimaban que el castigo cuando regresaran de la Olimpiada sería leve.

Asefi insiste en que es imposible tener alguna orientación sobre los posibles castigos: “Las interpretaciones más radicales [como la de los talibanes] de la sharía [código moral que guía la vida pública y privada de los musulmanes] no contemplan el ajedrez de manera específica en cuanto a los castigos, pero sí lo asocian con apuestas de dinero y juegos de azar, a pesar de que esa conexión sólo existió en la Edad Media [y no en todos los países]. Dado que las apuestas sí están explícitamente prohibidas, cabe la posibilidad de que los castigos puedan ser duros”. En el caso más extremo de esos castigos están la amputación de las manos u otros maltratos corporales.