Frente a las dudas sembradas por el italiano en la franja inicial del año, Alcaraz se expresa estos días con toda su rotundidad: más certero, más compacto, igual de serio. En forma de todo. Abrumador en la fase ofensiva, desde el repliegue pulveriza mentes quebradizas como las de Rublev, un tenista de calidad indiscutible, aunque de difícil solución por más que se conozca el diagnóstico. No parece haber remedio. Fue, es y será Rublev, un incendio andante. Así de simple. No se le puede achacar esta vez una bajada de brazos, pero sus mordiscos encuentran una réplica todavía más feroz y mejor controlada, sin fisuras y desde el punto de vista plástico, otra vez deliciosa.
Cierra el de El Palmar el primer set con elegancia e imaginación, cortando la pelota hacia el ángulo con el toque sutil de la katana. A la maniobra le acompaña un zumbido sofisticado que se filtra entre el sonido predominante, los chasquidos de fondo: son dos cordajes crujiendo, tenistas a fuego, eléctricos. No se ha cerrado el primer juego y a Rublev (14º del mundo, 28 años) ya se le han escapado un par de improperios porque no ha conseguido aprovechar las dos primeras opciones de break. Lo intenta y lo intenta él, pero algo le dice que afronta un imposible. A la que Alcaraz tiene a tiro la recompensa por primera vez, atina.
Es un duelo a ráfagas, de tirón en tirón, que transcurre más o menos parejo aunque con la sensación de que en el instante que lo desee, el número uno lo decantará a su favor. Da igual que cometa una doble falta inoportuna o que conceda una segunda rotura por una volea demasiado larga, o que el ruso se imponga en un intercambio a todo gas, de hasta 26 golpes. No deja de ser una falsa ilusión. A la hora de la verdad, hachazo anímico para Rublev, que al cometer otro error se autocastiga, escena tantas y tantas veces vista: un, dos, tres y hasta cuatro raquetazos asesta contra su rodilla izquierda, que afortunadamente para él, ya tiene callo. Reza siempre esa rótula.
Aun así, no se rinde. Ya se ha enzarzado con Mohammed Layani al entender que el juez está siendo laxo con el segundero cuando va a servir Alcaraz, pero no llega a desconectar. Son 28 años, pero nunca es tarde para aprender. Esta vez, no se cae. Hasta el último aliento él, chico inflamable. Persiste, insiste y resiste en pie como pocas veces. Sin embargo, cada vez que ve delante el caramelo, el murciano le niega y le aborda en toda su plenitud, invirtiéndose magistralmente con la derecha y procesando todas las circunstancias con la madurez que a él le falta. Es un pulso de puertas abiertas y a cuchilladas, del 3-0 al 5-4, pero finalmente impera el orden y el aplomo del español.
A la quinta opción, lo cierra y lo celebra. Su tarjeta refleja 20 tiros ganadores con la derecha y la superioridad en el toma y daca sin tregua: cinco quiebres a su favor, tras once oportunidades, por los cuatro del moscovita, en trece. Se prolonga, pues, el regular desfile que inició Alcaraz en abril, después de haber sufrido un bache previamente en Miami. A partir de ahí, una final tras otra, si no de éxito en éxito. Únicamente falló en el Masters de París, territorio al que todavía debe tomarle la medida. “Si pierdes un poco el foco, te pasa por encima”, decía Rublev, defensor del título. Y así es. Ahí se eleva un competidor apabullante.