Los usos y costumbres del fútbol pueden ser mutables o inmutables. En la segunda categoría figura destacado en negrita el respeto a , perdón, arbitrales (que me hago un lío estos días) siempre que favorezcan a tu partido, perdón, a tu equipo. Un penalti, un gol anulado o una expulsión a favor nunca serán calificados de lawfare arbitral. Se podría decir que el fútbol es la continuación de la política por otros medios. Repasen las crónicas de tribunales y tendrán un buen ejemplo, aunque tras lo visto hace unas horas, debería decir que en el lawfare no creo, pero haberlo haylo. En esta categoría inmutable también figura el gesto del defensa que se ha llevado por delante el tobillo del delantero rival describiendo con las manos un trazo esférico semejante al balón mientras le explica al árbitro que no le ha tocado y su rival se retuerce en el suelo. Otra ley para el bronce: cuantas más vueltas dé por el césped un jugador gritando de dolor, menos daño ha sufrido.
Algunos usos y modos del fútbol son sin embargo mutables, varían o caducan con el tiempo. Los más veteranos recordamos por ejemplo cómo a finales de los años 70 se puso de moda cambiar al juez de línea de banda si el público comenzaba a lanzar almohadillas o botes de cerveza por un quítame allá ese fuera de juego. A un colegiado se le ocurrió que si en la grada de preferencia estaban muy excitados, no pasaría lo mismo en tribuna. Craso error. Los aficionados de tribuna salivaban subidos a la valla a la espera de recibir al linier en cuestión, mientras en preferencia advertían al que llegaba de lo que le esperaba si seguía con las trazas de su colega. El experimento solo duró un par de semanas.
Cuenta también la leyenda que una vez en el estadio del Pontevedra, el Pasarón, sus cuatro gradas estaban a punto de saltar al campo ante el arbitraje que estaba sufriendo el equipo local en la primera visita del Madrid pentacampeón de Europa. El colegiado pidió protección al teniente de la policía armada: “Mi vida está en sus manos”. El agente le contestó muy a la gallega: “Yo diría que más bien está en las suyas”. Aquella jornada de la temporada 63-64 el Pontevedra derrotó por primera vez al Madrid con un gol de Ceresuela. Aunque yo aún no había nacido lo recuerdo perfectamente porque el policía era mi padre.
Dentro de estos modos, digamos cambiantes o caducos, parece que va a figurar por fin esa manía de dirigirse al rival con la mano tapándose la boca para evitar que le lean los labios. de esa guisa y la expulsión de un integrante de la selección paraguaya por hacer lo propio con un futbolista de Turquía, marcan el fin de esta perniciosa moda. La culpa fue de Joe Pesci. En una película sobre mafiosos, creo que en, para evitar que el FBI descubriese de qué estaba hablando, y sabedor de que lo estaban filmando desde un coche, daba instrucciones a Ray Liotta en el porche de su casa llevándose un palillo a la boca y tapándose los labios con el cuenco de la mano mientras lo giraba. Así siguieron abriendo hoyos en el desierto de Nevada sin que pudiesen imputarles nada. En uno de esos hoyos acabaría el propio Joe Pesci.
En la Liga española se empezó a utilizar esa técnica para comunicarse en el terreno de juego poco después del estreno de la película, y llegó a su apogeo en los tiempos convulsos de los Madrid-Barça y viceversa, aquellos años de plomo del mourinhismo, se podría decir. Pepe o Sergio Ramos se llevaban la mano a la boca cada vez que Messi pasaba por su lado, mientras Piqué hacía lo propio con Cristiano. Como no se podía saber lo que decían, me dio por pensar que hablaban de abrir un hoyo en el Bernabéu o en el Camp Nou. Nunca lo sabremos. Al menos Bilardo no andaba con tantas zarandajas cuando desde el banquillo del Sevilla dejaba claro a quién había que pisar y a quién no.