, Tadej Pogacar y los hermanos mayores del ciclismo, se han retirado a los campos de altitud a meditar y afinar sus grasas y motores de cara al Tour de Francia (4 a 26 de julio) y han dejado que sus hermanos pequeños, los que quieren ser como ellos y mejores, y cuanto antes, se peleen y crezcan en la vieja Dauphiné (rebautizada Taura: Tour de Auvernia, Ródano y Alpes, la región que lo acoge). Juan Ayuso e Isaac del Toro respondieron a la llamada en un fin de semana intenso entre los montes del Ain y los Alpes. Del Toro, el más brillante de los tres, se impuso sin discusión; Ayuso, casi su hermano gemelo, tanto han compartido y discutido en el mismo equipo los últimos años, peleó y cayó bravo, y Seixas, más joven aún, el fenómeno de 19 años, empezó a escribir su leyenda, mártir y héroe, después de una caída, como los más grandes.
Como Pogacar, Del Toro y Ayuso, de 23 años, son de la escuela que ama los ataques lejanos. El español experimentó el sábado en la subida al Grand Colombier y sucumbió a su deseo y a la agilidad de Del Toro, que esperó su momento a la rueda de Jorgenson y le superó en los últimos kilómetros. En Solaison, Ayuso espera hasta que su fiel Skjelmose, que se vacía en su ayuda, no puede más. Acelera hacia Del Toro, una sombra tri que se aleja. Pierde un minuto, pero asciende hasta el tercer puesto de la general, por detrás de Tuckwell Luke, que cede el amarillo el último día. “Teniendo en cuenta lo complicado que está siendo el añoy luego un perro le hizo caer antes de la Itzulia, que abandonó], no está mal este podio”, dice Ayuso. “Y estoy contento porque he ido a más cada día”.
Inevitablemente hay algo de Bernard Hinault en el blanco inmaculado del maillot agujerado de Pauls Seixas caído, y la mancha roja que se extiende en su costado, hacia el dorsal 51 en su espalda.
Hinault entonces, el día de la Dauphiné de 1977 que nació su leyenda, respondió con rabia a la caída por un barranco en el col de Porte. Maillot amarillo impoluto, resurge de las profundidades ayudado por dos auxiliares, cambia de Gitane, su bicicleta, y en 30 segundos, furioso, el Caimán vuelve a pedalear. Había coronado con poco más de un minuto de ventaja, él, el recién llegado, sobre los más grandes del pelotón, Thevenet, Van Impe, Zoetemelk, y el viejo Poulidor. Ninguno le alcanza ni siquiera cuando, en la tremenda ascensión final a la Bastilla de Grenoble, unos porcentajes que agreden, imposibles, que obligan, con el 39/23 de entonces, a pedalear a cámara lenta, se detiene extenuado, desciende de la bici, toma un respiro y, ayudado por espectadores admirados que le empujan hasta que coge ritmo, vuelve a ascender y no se detiene hasta cruzar la meta el primero, rostro congestionado, mirada animal.
Seixas más que sanguíneo es cartesiano, analítico; más que furioso, sentimental. El mismo carácter de campeón único, intratable, temible y tenaz, la misma ambición, el mismo deseo de proseguir todas las batallas hasta rendir a los rivales, Hinault lo proclama con tonos de poema épico; Seixas, 19 años, su primer año entre los grandes, su alma galaicoportuguesa, se expresa lírico, versos de lamento por la estupidez infantil que cometió en un descenso tonto en el que nada se jugaba, de respeto por los compañeros del Decathlon que se organizan para regresarlo al campo de batalla midiendo el tiempo, lentamente, sin miedo ni aspavientos, de anhelo, aunque sepa que en la última subida todos aquellos que han acelerado cuando caí, Ayuso, Jogensen, Del Toro, me van a dejar tirado, tengo que llegar y pelear, no puedo hacer otra cosa. Después de la caída, Seixas ha estado tres minutos parado mientras los médicos le examinaban, manos despellejadas pese a los guantes que sufren al tocar simplemente el manillar, raspones por todo el cuerpo, nada roto, 80 kilómetros de persecución hasta alcanzar al pelotón, dolor intenso que se hace insoportable en la subida final al Grand Colombier, donde el asfalto áspero, negra brea, se agarra tanto a las ruedas que los ciclistas parecen a lo lejos estatuas inmóviles en pendientes a veces cercanas al 15%. El dolor que anestesia su cuerpo, es su penitencia, el destino que acepta. Pierde apenas un minuto con Del Toro, que ha superado a Ayuso en los últimos kilómetros de la subida. Cruza la meta vacío, incapaz de dar una pedalada más, rostro exangüe, blanco como la muerte, “con la palidez de los últimos días”, describe en su crónica poética el periodista de L’Équipe Alex Roos. Tan humano, está tan débil que cuando desciende de la bici le tiene que abrazar su padre, el olor de sus días de niñez, para que no se caiga y, con su abuelo a su lado en la cima, compone una escena como la del descenso de Cristo de la cruz al ayudarle a sentarse en el suelo. Cuando se ha recuperado, se acerca Del Toro, que pedalea en el rodillo, y, amigable, dos amigos comentando una excursión, le cuenta cómo se cayó, la estupidez de querer adelantar a todo el mundo por fuera en la curva de un descenso.
De las caídas surgen los monstruos del ciclismo.