Arriba y abajo ante el Tour de Francia: el “monstruo” Pogacar y sus secuaces, a tope; Landa, herido y triste

La energía ni se crea ni se destruye, y así también los estados de ánimo de los ciclistas, a toda alegría corresponde una tristeza que equilibre el presupuesto único. que sufrió al ser derribado por un coche en la Itzulia, hace dos meses y medio y se retira el último día de la reciente Vuelta a Suiza,multiplicada por la cuota del dolor que le supuso la fractura de mandíbula de su pareja, la ciclista Urska Zigart, caída en la versión femenina de la misma vuelta, y aumentado su rendimiento extraordinario con

Seguramente, Landa, de 36 años, no estará a punto para disputar en el que, traspasado Remco Evenepoel, debería ser el líder del Soudal. “No pinta bien la cosa. Es todo muy precipitado para que salga bien”, decía, pesimista, el domingo pasado el ciclista alavés; “no sé si seremos capaces de ir al Tour o hay que darle al cuerpo el tiempo que necesita”. No son tiempos fáciles para el mejor español en los Tours de la década, víctima de unas desgracias que amplían más el concepto del landismo, la filosofía. Solo desde ese pensamiento se puede asumir que el coche que le derribó en la Itzulia el 8 de abril fuera el del cuerpo médico conducido por el exciclista Santi Blanco. “Fue bastante golpe aunque a veces caer rápido ayuda, pero caí a 68 km/h”, explicaba hace unas semanas sobre un accidente en el que también se golpeó la cabeza. “No me acuerdo mucho más, la verdad. Tengo lagunas. La rotura está en la inserción del isquion, y el edema óseo afecta al aductor y al isquiotibial. Una lesión muy molesta. Lenta más que nada”.

La lentitud en la recuperación torturó tanto al ciclista que en una actitud reñida con el mito landista llegó a confesar una cierta desesperación. “No son tiempos fáciles la verdad. Verlo desde lejos y sin saber si volveré es muy extraño”, decía mientras en Italia se desarrollaba el Giro, su carrera favorita, en la que debería haber sido protagonista. “La edad tampoco ayuda”.

Pese a todo, el Landa que inició hace una semana la Vuelta a Suiza como carrera en la que decidiría si se sentía fuerte para el Tour, era pura energía, un ciclista capaz de mantenerse entre los mejores en una carrera corrida a dos velocidades: la atómica de Pogacar y sus UAE, por un lado, y la de los demás, a ritmo humano. Y el ciclista asumía ya las condiciones de su oficio, con cierta ironía triste, también: “Aquí andamos todo el día en una agonía, entre el monstruo y sus secuaces, y el calor...”

Del calor también se quejó el monstruo, pero tampoco tanto, y de nada más. El ciclista que llegó del frío y en los Alpes se inflamaba mientras los demás lidiaban con la hipotermia y caían, que cuanto más alto sube el termómetro, y en Suiza también sopló la ola de calor, más marca las diferencias.

Ante él, la admiración ante su grandeza única, un momento único que no todas las generaciones podrán disfrutar, leyendas para los nietos, se mezcla con el odio que todo tirano despierta, y la compasión con todo el pelotón al que destroza el primer día con una escapada a 72 kilómetros de la meta en un terreno de media montaña (solo los 27 siguientes llegaron a menos de 10 minutos a la meta de Sondrio, y de uno en uno, como una hilera de condenados). Si el segundo y el tercer día respeta las fugas hasta que su instinto le derrota, pero no llega a ellas, el cuarto y el quinto día le inflama la petición de su novia, a la que visita en el hospital: “no puedes fallar, quiero aquí el domingo el maillot amarillo”.